Rodolfo
Mata
Centro
de Estudios Literarios
Instituto
de Investigaciones Filológicas
UNAM
Publicado como estudio preliminar al CD-ROM José Juan Tablada:
letra e imagen (poesía, prosa, obra gráfica y varia documental),
Instituto de Investigaciones Filológicas-Coordinación de Publicaciones
Digitales DGSCA UNAM, México, 2003. ISBN 968-36-9942-1.
El lugar de José
Juan Tablada (1871-1945) en las historias de la literatura hispanoamericana
está marcado por sus incursiones decadentistas, el exotismo de su
viaje a Japón y sus experimentos formales con el haikú y
el caligrama. En los capítulos dedicados al modernismo o a la vanguardia,
generalmente se subrayan estos aspectos de su producción y se olvida
mencionar la proximidad que tuvo con las artes plásticas y el papel
que ellas jugaron en la conformación de su obra literaria. La variedad
de maneras en que esta relación se manifiesta es amplia. Va desde
su temprano deseo de dedicarse profesionalmente a la pintura hasta las
huellas de esta vocación que han quedado en su Archivo Gráfico,
pasando por su labor como crítico de artes plásticas y promotor
de algunos pintores mexicanos sobresalientes, las ilustraciones que realizó
para varios de sus libros, el mencionado trabajo con los caligramas y otros
aspectos que analizaré más adelante en este trabajo.
El poeta pintor
Existen dos versiones
acerca de cómo nació el interés de Tablada por las
artes plásticas. Según cuenta Nina Cabrera, viuda del poeta,
en su biografía José Juan Tablada en la intimidad,
el episodio de iniciación tuvo lugar cuando el escritor tenía
entre cinco y seis años. Un día, andando por la casa de su
hermana, el niño descubrió, olvidado en un sillón,
un libro diferente a los que hasta entonces había visto: tenía
pastas flexibles, color crema, con un título azul escrito en raros
caracteres. Dice Nina Cabrera:
Lo abrió
y, como si de repente hubiera entrado en el Paraíso Terrenal, comenzó
a ver, maravillado, lo pájaros y flores dibujados con preciosos
contornos e iluminados con vivos colores. Eran aves marinas que se destacaban
sobre fondos en los que hacía horizonte la inmensidad del Océano
o sobre encendidos crepúsculos y playas salpicadas de caracoles,
conchas y estrellas de mar...
Pero lo que más le impresionó, con la intuición del
futuro estético que había de predominar en su vida y darle
los más hondos deleites, fue lo preciso del dibujo, la síntesis
lograda. Y, conmovido, me decía que la emoción que sintió
a los cinco años fue tan honda y tal fascinación le causaron
las estampas, que con infantil inocencia quiso apoderarse del libro, como
cosa suya; y cuando alguien se lo quitó de las manos lloró
inconsolablemente.1
La cantidad
de detalles plásticos con que Nina cuenta la anécdota revela
la importancia que el poeta le daba a esta faceta de su personalidad. Independientemente
de que los pormenores sean o no fidedignos, indica que, en la transmisión
original de este recuerdo de infancia, se mantuvo un énfasis en
la descripción de las imágenes. Además, en la memoria
de Nina no sólo perduraron los detalles del incidente, sino también
la manera en que Tablada lo evocaba como una especie de anuncio de sus
futuras preferencias artísticas.
La segunda versión de este encuentro aparece en La feria de la
vida (1937), primer volumen de las memorias de Tablada. El poeta, poco
después de haber ingresado en la primaria, frecuentó durante
una temporada a su tío Pancho, solterón afable y nervioso,
coleccionista de antiguallas y objetos de arte, y pintor aficionado. Tablada
cuenta cómo el tío Pancho lo aproximó tanto a la pintura
como a la observación de la naturaleza:
En pintura se
especializaba en la ornitológica, sólo pintaba pájaros
con la única preocupación de reproducirlos fielmente, y porque
me tenía afecto y apreciaba mi actitud contemplativa, me iniciaba
en sus pintorescos conocimientos de naturalista, de pintor y de amante
de la belleza plástica [...] Atribuyo también al tío
Pancho el principio del amor a la pintura y a las artes plásticas
en general que ha dominado en mi vida. Por el tío supe de las principales
escuelas de pintura del mundo y de tanto mirar en el espectroscopio [sic]
las fotografías que mi mentor había traído de Roma
y París, me fue dado desde muy niño conocer las obras maestras
pictóricas y escultóricas conservadas en templos y pinacotecas.2
Tablada describe
las visitas a la casa de su tío, en el "romanesco callejón
de Mecateros", como un verdadero rito de iniciación, en el que,
entre otras cosas, se familiarizó con algunas técnicas artísticas
sofisticadas para la edad que tenía. Retrata el lugar como lleno
de maravilla y misterio y termina refiriendo un incidente mágico,
una especie de alucinación sonora y visual que hace corresponder
con la "conciencia cósmica", base de las doctrinas teosóficas
que profesó. Según cuenta, una tarde calurosa, al salir del
estudio del tío, las campanadas de la vecina catedral le provocaron
un estado de éxtasis que identificó con "la esencial fuerza
creadora", el "verbo divino".
Sin embargo, unas páginas antes menciona otra anécdota que,
a pesar de que no tiene el brillo narrativo de la anterior, en lo que respecta
a la pintura, encierra un valioso significado para el análisis de
la relación literatura-pintura en su obra. Se trata del encuentro
que tuvo con el poeta romántico Manuel M. Flores. Cuenta Tablada
que, cuando vivió durante su infancia en la ciudad de Puebla, asistió
al colegio de hombres que dirigían los hermanos Flores. Un día,
notando que el niño dibujaba en la pizarra una figura, el poeta
se aproximó y le dijo:
—No está
mal ese dibujo... Quizás con el tiempo llegues a ser un Zendejas...
Debo haber manifestado
extrañeza al oír tal nombre, pues don Manuel agregó:
—Zendejas fue un
gran pintor de esta ciudad, autor del Calvario y de otras muchas
pinturas que adornan nuestros templos... Yo lo conocí; tenía
ochenta años y todavía pintaba...
Don Manuel desapareció,
volviendo poco después con una caja de colores a la acuarela que
me regaló.3
Tablada continúa
el relato comentando que su padre, cuando le refirió el incidente,
le explicó que "había tenido el honor" de que lo estimulara
y obsequiara el gran poeta Manuel M. Flores, pues el niño ignoraba
quién era su maestro. Afirma que guardó por años la
caja de acuarelas que le hacía evocar al poeta erótico, silencioso
y ensimismado que —Tablada agrega la observación— fue quedándose
ciego como Milton. Quizá el contraste entre la ceguera y el regalo
de las acuarelas no haya sido del todo intencional. Sin embargo, la construcción
de su propia imagen de poeta se hace evidente cuando adopta de nuevo la
misma visión retrospectiva que interpreta el pasado para que sirva
de prefiguración del estado presente. De esta manera, Tablada imagina
la sorpresa que se hubiera llevado Manuel M. Flores, muerto en 1885, si
el niño que apenas aprendía a leer le anunciara que iría
a dedicarse a la poesía, y que lo haría en una época
aún más ingrata. La suposición crea el lazo de martirio
entre los poetas, recrudecido en los tiempos modernos, y la mención
de que el niño que torpemente dibujaba en la pizarra escribiría
un prólogo a sus versos cierra el círculo de la hermandad.
Tablada termina enlistando los infortunios de varios poetas famosos y exhortando
a los poetas jóvenes a valorar los peligros que se encontrarán
en el camino. No obstante, la imagen del poeta que alimenta las inclinaciones
del niño por la pintura, referidas por el poeta que quería
ser pintor y acabó siendo poeta, permanece a través de la
presencia de la caja de acuarelas y se vincula con las posteriores visitas
a la casa del tío Pancho y con los episodios subsecuentes que mantienen
viva la idea de que Tablada fue un poeta-pintor, a lo largo de toda su
vida. Algunos dibujos infantiles que se conservan
en el Archivo Gráfico José Juan Tablada son testimonio de
este periodo formativo.
El aprecio que el
poeta les tenía, y que permitió que llegaran hasta nosotros,
también es un indicio de la importancia de la pintura en su obra.
Según Nina Cabrera, la pintura tuvo un lugar central en la vida
de Tablada hasta la muerte del padre del autor. En ese momento su camino
artístico se truncó y el poeta jamás pudo ser el pintor
que su padre había imaginado. Cuenta Nina:
Cuando murió su padre, estaba José Juan Tablada en la edad
en que los muchachos dejan de ser niños para convertirse en hombres.
Dibujaba ya cosas muy bonitas, y por eso su padre había apartado
dinero suficiente para que fuese a estudiar a Europa y se hiciera pintor.
Cabía esperar que, desarrolladas por el estudio sus dotes, llegase
a la maestría. Pero al quedar huérfano tuvo que asumir la
responsabilidad de velar por su madre viuda y por sus hermanas, como jefe
de familia, y resultó imposible la realización de aquel sueño.4
Es cierto que
Nina siempre idealizó a su marido y que entre las virtudes de Tablada
no se encontraba la modestia, pero también es verdad que sus acuarelas
y dibujos son los de un alumno de pintura que pudo haber sido pintor profesional.
Algunos buenos ejemplos son las acuarelas que realizó en Mazatlán
(1894), en San Francisco (1900) y en Colombia (1919):
Más adelante Nina continúa relatando cómo, a raíz
de una escapada nocturna, la madre de Tablada y sus hermanas decidieron
invertir el dinero que había dejado su padre para su educación,
haciéndolo ingresar al Colegio Militar que, en aquel entonces, tenía
su sede en el Castillo de Chapultepec. Ahí, entre otras cosas, el
poeta desarrolló la vena naturalista que le había inculcado
su tío Pancho, practicando la entomología, y se reencontró
con el pintor Julio Ruelas, a quien había conocido desde los 12
años en el Instituto Científico e Industrial Mexicano de
Tacubaya.
Desde luego, todo lo anterior no quiere decir que Tablada haya sido primero
pintor que poeta. Sería muy difícil determinarlo. En primer
lugar, porque la mayor parte de la información proviene de sus memorias,
de la biografía escrita por Nina o de entrevistas en las que influye
fuertemente la idea del propio autor de construirse un pasado digno de
un artista, como lo hemos podido constatar en los episodios en que subraya
el talento creador que lo "predestina" a la vida artística. En segundo
lugar, porque no se cuenta con registros de ensayos poéticos semejantes
a los dibujos infantiles antes mencionados, sino con anécdotas del
propio autor o datos de sus primeras publicaciones. Por otra parte, no
hay nada semejante a estas primeras publicaciones en su práctica
pictórica pues Tablada, aunque llegó a frecuentar el taller
del Antonio Fabrés, en 1905,5
nunca participó
en ninguna exposición, a pesar de que reseñó muchas
de ellas y fue amigo de grandes pintores como Diego Rivera, José
Clemente Orozco, Roberto Montenegro, Miguel Covarrubias, y muchos más.
La primera noticia sobre la iniciación poética de Tablada
la da el propio autor en La feria de la vida. Cuando la familia
pasaba una temporada en la hacienda de Suapayuca, cierta noche fue organizada
una velada literaria. El poeta cuenta que las palabras "ensayos", "recitaciones"
y "poesías", que circulaban en la víspera, llamaron su atención
y lo hicieron salir furtivamente de su dormitorio para presenciar lo que
estaba sucediendo entre los adultos. En la escena que describe, incluye
a un par de jóvenes, uno pálido y rubio "de gran melena romántica"
y otro de ojos negros que asía en la diestra una larga vara a manera
de lanza. Tablada entonces observa:
lo que me seducía
de aquella primera e inesperada manifestación de la Gaya Ciencia,
era el ritmo de la poesía declamada con el énfasis entonces
en boga, la sonoridad de los versos y el sortilegio de las rimas que vaga
¡pero sutilmente se insinuó en mi alma desde entonces y para
siempre!
Cautivado, hubiera permanecido ahí, como dócil víctima
del órfico milagro, pero mi presencia fue descubierta con escándalo,
la solicitud maternal me reintegró a la alcoba de donde había
escapado y adonde pronto me dormí, arrullado por el eco de los versos
de Espronceda, de Zorrilla quizá de nuestro Acuña...6
Nuevamente,
el poeta construye su imagen de "predestinado" a la vida artística,
pero esta vez en el plano sonoro de la poesía. Es curioso constatar
que Tablada establece una distancia con los valores del ritmo y la rima
de la poesía declamada. Quizá la razón sea que este
capítulo de sus memorias fue escrito en 19257
y los cambios en su poética ya se habían consolidado con
el énfasis en la imagen, a través del haikú y el caligrama.
Esperanza Lara, quien ha investigado la iniciación poética
de Tablada en las prensas periodísticas, ofrece un par de anécdotas
más, referidas por el poeta en entrevistas, que complementan este
periodo de "incubación" del poeta y que desembocan en su primera
publicación. A Óscar Leblanc Tablada le contó que
a los 19 años, siendo empleado del Ferrocarril Central, "escribía
en el dorso de las facturas versos y prosas llenas de sinceridad porque
eran sólo para mí".8 A Roberto
Núñez y Domínguez le contó que, viviendo en
Otumba, al escuchar a un licenciado declamar sus versos durante una velada,
declaró a sus hermanas que él hacía mejores versos.9
Finalmente, Tablada publicó su primer poema, "A...",
en La Patria Ilustrada, el 10 de diciembre de 1888. Curiosamente,
el tema principal de la composición es el canto de la amada, acompañado
de otros elementos relacionados con la sonoridad: el canto de las aves,
coros, liras, ecos, aires que resuenan, auras gemidoras, etc.
La colaboración
con Julio Ruelas
Tablada continuó
ejercitando su afición por la pintura en el Colegio Militar. Prueba
de ello es la acuarela del Castillo de Chapultepec, que se conserva en
el Archivo Gráfico, fechada el 12 de julio de 1884, cuando el poeta
tenía solamente 13 años.
Como mencionaba
anteriormente, en aquella institución el poeta se reencontró
con el pintor e ilustrador Julio Ruelas, que también fue cadete.
En una entrevista con Roberto Núñez y Domínguez, Tablada
cuenta: "Y como nos picaba la avispa del arte a los dos, fundamos un periodiquito
que yo escribía y él ilustraba. Por cierto que ahí
fue donde comencé a hacer epigramas,
muchos de los cuales me costaron duras golpizas de los compañeros
a quienes estaban dedicados".10
La colaboración entre el pintor y el poeta se extendió por
un largo periodo, principalmente en las páginas de la Revista
Moderna (1898-1903) y de su sucesora la Revista Moderna de México
(1903-1911). En estas dos publicaciones se ubican trabajos de ambos artistas
que interactúan de diversas maneras.
El primero de importancia es el que lleva el título "Musa
japónica", publicado en septiembre de 1900, el cual está
fechado "Jardines del Bluff. Yokohama, Otoño de 1900". Corresponde
al legendario viaje del poeta al Japón, de mayo de 1900 a principios
de 1901. La imagen de Ruelas es un retrato de Tablada en la actitud meditabunda
en que el poeta se describe a sí mismo dentro del poema.
Por momentos, el
diálogo entre la imagen y el poema parece restringirse a este ámbito,
pues en la imagen no aparecen elementos que el lector pueda reconocer como
pertenecientes al desarrollo del poema. El lector no ve en la imagen de
Ruelas las mariposas, la paloma, el blanco lirio o la garza que cruza el
cielo, elementos que están en la letra. Aunque el lago sí
se muestra, de los peces no se da indicio y el entorno parece muy cerrado
como para que las aguas puedan reflejar la imagen de la garza que pasa.
La tristeza del poeta por la ausencia de la amada —que es el tema principal
de la composición y de muchas más de esa época— no
encarna en ningún elemento plástico. No hay pinos, ni saucedales
y mucho menos la pagoda o las linternas sepulcrales que tanto impresionaron
a Tablada y que fueron motivo de algunas de sus crónicas de la serie
"En el país del sol", previas a "Musa japónica". El único
elemento que Ruelas elige representar es el pavo real que abre su cola.
Éste aparece en la última estrofa del poema y rescata el
diálogo entre imagen y poema que parecía extraviado:
y veo, junto a la laguna,
a los rayos de la luna,
sobre la tiniebla bruna,
que un blanco pavo real
abre su cola, ¡triunfal
abanico de cristal! |
El trabajo que más llama la atención de este contacto entre
poeta y pintor es la composición "La
bella Otero", pues arrastra una cauda importante de referencias dentro
de la obra de Tablada, además de que la imagen de Ruelas es compleja
y se encuentra complementada con una viñeta igualmente impactante.
Ruelas da cuerpo perfectamente a la imagen que Tablada describe en el poema.
La mujer, volando como un arcángel, de hecho parece "pasar devastadora
como una plaga" y sus "escarpines", inmersos en los restos de un esqueleto,
ciertamente pueden recibir el calificativo de "urentes", pues de estos
despojos, y de los amantes en agonía cuyos rostros como espectros
se traslucen bajo las aguas, ascienden fumarolas.
El cuerpo de la
"loba, princesa, lumia, súcubo, estrella", como la llama el poeta,
efectivamente aparece blanco como "sarcófago de tibio marmol", rodeado
de "refulgente pedrería", según la descripción de
la segunda estrofa. La "melena quebrada y bruna" de la cuarta estrofa —capaz
de haber provocado la locura del demente encerrado en su celda, que aparece
en el extremo inferior izquierdo— se extiende sobre el paisaje marino que
Ruelas eligió como fondo. En la estrofa número trece, la
cabellera reaparecerá como "bandera de pirata".
En la quinta, sexta y séptima estrofas aparecen los detalles de
la ropa de la bailarina: la falda suntuosa, como "inversa copa" de la que
emergen las "largas piernas dentro de medias tenebrosas" que el poeta compara
con "tentáculos bestiales o pistilos de una flor". Durante el enardecido
baile, los muslos agitan las ropas que se convierten en "espumas de batista".
Estas espumas, la idea de los muslos como "sirte" (bajo de arena) y la
de la absorción de la vida del "efebo" que es maltratado "como a
la hoja el huracán", establecen una conexión con el paisaje
marino de la pintura de Ruelas, campo metafórico que más
adelante el poeta aprovechará en su composición. En este
punto en especial es de notar cómo la imagen de Ruelas retrata no
sólo las "espumas de batista" y las "tenebrosas medias", sino también
el movimiento descrito en el poema, cumpliendo con una de las principales
características de las tensiones sucitadas por la relación
poesía-pintura: hacer que un arte del espacio (la pintura) rompa
sus límites e invada el campo de un arte del tiempo (la poesía).
También es importante señalar que, si en la primera estrofa
Tablada se refiere a la bella Otero como "arcángel" y "plaga devastadora",
el vuelo lo simboliza el artista en la falda que parece desplegarse en
forma de alas de mariposa que en sus puntas lucen plumas.
De la estrofa diez a la trece el poeta desarrolla la imagen del barco.
En un primer momento se trata del "ágil trirreme", en el que se
convierte el cuerpo tembloroso y todo desnudo que descansó "sobre
la rada llena de aromas del hondo lecho". Al partir, lleva al amante como
galeote e hincha como una vela el blanco pecho. En un segundo momento,
se trata del esquife del amante que queda desamparado en el arrecife.
En su imagen, Ruelas no pinta un trirreme pero sí un galeón
que parece huir de la bella Otero, en el mar tempestuoso. En correspondencia
con la imagen literaria del pecho como comba vela, el pintor muestra los
pechos desnudos de la bailarina: de perfil, en la figura voladora, y de
frente, en otra pequeña figura de mujer al pie de la imagen principal.
Bajo el letrero del título de la imagen, aparecen unos rostros que
hacen eco de la imagen literaria del demente recluido en su celda.
El poema finaliza en la estrofa 14 resumiendo la tiranía de la bella
Otero con la imagen literaria de la caravana de los amantes arribando al
osario y al pudridero. La viñeta que remata el poema hace referencia
a este fin del periplo en la silueta de un caballero que, con una equívoca
cabeza de calavera, sostiene unos catalejos para observar a la bailarina.
Ésta, gigantesca, parece parir una cabeza decapitada.
Desde luego, la escena
remite a la historia de Salomé, personaje femenino muy en boga en
aquella época, que se había convertido en prototipo de la mujer fatal, devoradora de hombres.
El poema también tiene una referencia directa a esta imagen en la
sexta estrofa: "Cuando bailas y tus piernas entre espumas de batista /
dejas ver, ¡oh Salomé!, / con un beso entre los labios la cabeza
del Bautista / cae sangrando hasta tu pie". La imagen principal igualmente
sugiere esta impactante salida de varias cabezas de entre las piernas femeninas
o su conexión con esta zona íntima de la mujer a través
de las miradas ávidas de las calaveras cuyos ojos despiden fumarolas
tentaculares. Asimismo, un par de huesos apuntan hacia la parte trasera
de los muslos y parecen pertenecer a uno de los cráneos que yaciera
queriendo tomarlos pero que acaba impedida de hacerlo por haber perdido las manos.
Esta irrupción en la intimidad de la bailarina se complementa con
la exhibición de la axila y quizás con el hecho de que ninguna
de las figuras femeninas mira al lector: el pintor nos niega el rostro
de la mujer, los ojos, la parte angelical en la tradición de Dante
y de Petrarca, y en cambio nos ofrece la cabellera, símbolo de la
sensualidad, especialmente al mostrarse suelta y ondulante.
El poema conserva la musicalidad propia de la época. Todavía
las poéticas del verso libre o del verso anclado en la imagen plástica
no han irrumpido con suficiente fuerza en la escena del modernismo, en
general, y de la poesía mexicana, en particular. Sin embargo, el
diálogo entre poesía e imagen es sorprendente y da la magnitud
del secuestro de las imágenes por los enfoques centrados en la letra.
El mismo Tablada contribuye a señalar esta interdependencia cuando,
al relatar la fundación de la Revista Moderna, en Las
sombras largas, la segunda parte de sus memorias, recuerda la llegada
de Julio Ruelas a la redacción y hace una breve semblanza de su
trabajo en la que observa:
Porque Ruelas
pensaba... No sólo poseía el don innato de sentir la forma
y la facultad de expresarla, ni era sólo una mano ejercitada y hábil,
sino también un cerebro en donde los problemas de la existencia
generaban reacciones y teorías que muchas veces tomaban forma en
sus memorables viñetas, que eran mucho más que arabescos
o simples motivos ornamentales. Ruelas, en muchos censos, no sólo
hacía ilustraciones para los poemas, sino que al lado de una poesía
nuestra colocaba una expresión gráfica suya que valía
tanto o más que la literaria... Así, cuando ilustró
mi poema "La bella Otero", en el dibujo principal y en el cul-de-lampe
objetivó dos pequeñas creaciones gráficas, no subordinadas
al poema, sino paralelas a él.11
Tablada insiste
en nivelar ambas creaciones. No sabemos si la composición se dio
de manera simultánea, aunque es muy poco probable, pues el escritor
habla de que Ruelas "ilustró" su poema. Unas páginas más
adelante, menciona otra notable imagen, "Esperanza", que, según
cuenta, "le dio asunto a Amado Nervo para uno de sus poemas, invirtiéndose
así los papeles y quedando el númen lírico subordinado
al gráfico. En este caso el creador fue Ruelas y Amado Nervo glosó
en verso la imagen pictórica".12
Tablada no menciona otras colaboraciones entre estos dos artistas, como
la importantísima imagen a "Implacable", pero insiste en la cuestión
de distinguir entre el paralelismo y la subordinación.
El diálogo
con otros pintores y otras imágenes y el caso de la écfrasis
Los poemas de Tablada
no sólo estuvieron acompañados por imágenes de Julio
Ruelas sino también de otros pintores como Germán Gedovius.
Un ejemplo de este encuentro es el poema de la serie "Sonetos en la Hiedra"
que apareció originalmente sin título y que posteriormente
recibió el nombre de "Abraxa",
en El florilegio (1903). El principal punto de contacto entre ambas
composiciones es la imagen del murciélago. Definitivamente, la riqueza
de "La bella Otero" no se repite.
Otro caso interesante es el diálogo entre fotografía y poema
que podemos ver ejemplificado en la composición "Madrigal".
Desde luego, la tesitura de la relación es diferente, pues el trabajo
en colaboración no se da. La imagen de la fotografía pudo
haber sido anterior o posterior al poema sin que esto tenga ninguna influencia
en la composición. En aquella época, la fotografía
aún no alcanzaba el estatus suficiente para entablar un diálogo
interartístico del mismo tipo. Además, cabe observar que
la fotografía es de cuerpo entero y las referencias del poema se
centran en el rostro de la Srita. Mc Gregor.
Por último, es necesario mencionar las composiciones literarias
cuyo relación con una determinada obra de arte es sólo unilateral,
pues el diálogo es imposible. Se trata de lo que se conoce como
écfrasis, en su sentido restringido, es decir, "el intento
de imitar con palabras un objeto de las artes plásticas, principalmente
la pintura o la escultura".13 Al igual
que en el caso de Nervo, esta situación presupone una relación
de dependencia. El ejemplo que he elegido, entre muchos más que
ofrece la obra de Tablada, es la crónica "El embarque a Citerea",
que forma parte de sus crónicas parisienses, reunidas en Los
días y las noches de París (1918), aunque fue escrita
por el poeta en 1912, durante su estancia en la Ciudad Luz.
En esta crónica, Tablada considera que el cuadro
L'embarquement pour Cythère,
de Jean Antoine Watteau (1684-1721), es representativo de Francia, y que,
desde el punto de vista del arte, ese país resplandeció en
el siglo XVIII.
Confiesa que, durante
mucho tiempo, sintió una gran fascinación por esta obra,
pero que le había sido imposible consumar su sueño de viajar
a Europa y poderla contemplar al vivo. Ya antes la había conocido, a través de "fotografías
falseadas" o de "grabados frustráneos". Sin embargo, observa que
había conseguido tener un mejor atisbo de ella por intermedio de
ejercicios similares al que se dispone a hacer: las descripciones de Gautier
y de los hermanos Goncourt, los análisis de Gustave Geffroy y Camile
Mauclaire, y las Fêtes galantes de Verlaine. Finalmente, Tablada
se encamina al Louvre donde contempla extasiado el cuadro:
Por fin he llegado. La obra maestra del encantador está ante mis
ojos... de pronto nada veo más que una atmósfera de oro y
un hondo fluido azul... atmósfera que vibra y arde, fluido que se
transparenta y que se ahonda. Luego distingo un trozo de tierra cálida,
a lo largo de ella una guirnalda de personajes, rojo, negro, rosa, gris,
y sombreándola un árbol nemoroso que encumbra grandeza y
filtra misterio. Pero el agua, el mar milagroso, se va, se dilata, se pierde
en el luminoso infinito del cielo, que a su vez se desvanece en un más
allá extraterrestre adonde el alma se siente atraída, disuelta,
absorbida como por una vorágine irresistible de éter y de
luz! Poco a poco se va distinguiendo que en el cielo, hecho de topacios
y turquesas pulverizadas, fundidas en irisación de ópalo,
hay luminosa vibración de átomos, que en el mar tiemblan
cabrilleos y fosforescencias, que el árbol exhala humedad selvática
y penumbra misteriosa, que la aparatosa comparsa, Arcadia sentimental,
Decamerón
galante,
se mueve con gestos nerviosos, elegantes, ímpetus eróticos
en los hombres, voluptuosos abandonos en las mujeres. Ellos sobre el cortesano
atavío de las principescas pastorelas lucen la negra muceta y el
calabazo y el cayado de los peregrinos con aparatosas actitudes de minué,
y ellas, todas abandono y ensueño, todas gracia y voluptuosidad,
los holgados ropones, a los que la Pompadour daría su nombre, las
arqueadas mulillas.14 Ver
artículo completo.
La conclusión
de la aventura en pos de El embarque a Citerea es que, en primer
lugar, no hay foto o grabado que traduzca la experiencia de contacto directo
con la obra, cosa que no me atrevería ahora a afirmar tan contundentemente
como Tablada pudo hacerlo, dado el avance tan grande que han tenido los
medios de reproducción gráfica y la cada vez más difícil
contemplación de las obras en los museos por las aglomeraciones
del turismo y las crecientes medidas de seguridad. En segundo lugar, el
poeta propone que son preferibles los ejercicios de écfrasis de
los escritores franceses que cita, a estos medios mecánicos de reproducción.
En suma, que más valen mil palabras que una imagen de segundo grado.
Al afirmar esto, presupongo otro de los puntos fundamentales de la tensión
constante en la relación pintura-literatura: la idea de que la aspiración
del arte es la reproducción de la experiencia sensorial y emotiva
original. De esta manera, el cuadro de Watteau sería una imagen
de primer grado o, como Murray Krieger llama a la pintura en estos casos,
el "signo natural", es decir, "el sustituto visual de su referente". Entonces,
la reproducción del cuadro sería el sustituto del sustituto,
una imagen de segundo grado que, por su naturaleza, debilitaría
la aspiración artística de reproducir la experiencia sensorial
y emotiva original. La écfrasis vendría a ser entonces el
"deseo semiótico" de alcanzar, a través de la palabra, la
calidad de ese signo natural. Tablada sólo se sintió capaz de ejercitarla cabalmente
con El embarque a Citerea, observando la obra directamente, sin
intermediarios de segundo grado.
Tablada termina su crónica con un comentario que me parece de gran
importancia. Después de comparar al artista francés con sus
rivales —Boucher, Fragonard, Lancret y Pater— que se encuentran en las
salas adyacentes, concluye afirmando: "Todos fueron pintores y sólo
Watteau fue poeta...". Es decir, en la pintura de Watteau se alcanza el
alto nivel de la poesía, tal como antes lo había afirmado
al referirse a la calidad del trabajo de su colega y amigo Ruelas. Cabe
agregar que Tablada, en el poema "Soneto
Watteau", de 1894, había realizado un ejercicio de "écfrasis"
previo a la contemplación del cuadro y a su crónica. Sin
duda, los autores franceses que refiere en ella, especialmente Verlaine,
influyeron en esta composición poética de una manera más
significativa que las "fotografías falseadas".
El haikú
y la composición simultánea
Sobre José
Juan Tablada como introductor del haikú en la poesía hispanoamericana
se ha dicho mucho. Varios análisis se han hecho de su relación
con este género japonés que abordan principalmente los asuntos
de los cánones originales. Se han revisado las cuestiones métricas,
las de índole temática, los procedimientos retóricos
y el trasfondo filosófico. Detalles como la inclusión del
título en la enunciación del poema, la organización
de los poemas en torno a ejes que tienen que ver con ciclos temporales
(por ejemplo, el paralelo de los apartados "La mañana", "La tarde",
"Crepúsculo" y "La noche" con las estaciones del año,
que en el haikú original están presentes por medio de las
kigo,
palabras de las estaciones), el uso de las llamadas "palabras eje" o kakekotoba,
la presencia del
satori, la apropiación americanista, el
impacto de la práctica del haikú en otros escritores, las
cuestiones de la poesía breve y la posible historia de la relación
de Tablada con esta forma o esta actitud poética, han ocupado muchas
páginas.
Sin embargo, el
aspecto gráfico del haikú y su importancia en el momento
de la composición casi siempre se escapa. Es difícil encontrar,
en la mayoría de los manuales de literatura japonesa, e incluso
en las colecciones de traducciones que existen generalmente al español
o al inglés, la consideración de la dimensión gráfica.
Cabe recordar que la literatura japonesa antigua era escrita en caracteres
chinos y que la tendencia a tomar en cuenta únicamente la dimension sonora
de esta lengua, por parte de los extranjeros que se acercan al haikú
y a la literatura japonesa, es un recorte ciertamente empobrecedor. Esto
se hace evidente en los siguientes ejemplos que muestran cómo frecuentemente
la práctica del haikú va acompañada del dibujo.15
No hay que olvidar
que, además de la presencia del budismo zen en la composición
del haikú, en Japón también existe la tradición
de origen chino de la caligrafía, ligada al taoísmo. Por
ello, uno de los alegatos de Tablada al tratar de eliminar la posible identificación
de sus "madrigales ideográficos" con los caligramas de Guillaume
Apollinaire, comparación que lo transformaría en un imitador,
fue que, además de la Antología griega y un libro
de Jules Renard, una de sus fuentes de inspiración había
sido una colección de himnos de Confucio. Pero mejor dejo para después
la discusión de los poemas caligramáticos y regreso sobre
el asunto del olvido de la dimensión gráfica en los haikús.
Con la anterior
observación sobre el destierro de la dimensión pictórica
quiero subrayar que, durante la estancia en el hotel La Esperanza, en Colombia,
lugar en el que se gestaron los "libros gemelos" Un día... Poemas
sintéticos (1919) y El jarro de flores. Disociaciones líricas
(1922),16 Tablada ejercitó la composición
del haikú de una manera integral. En medio de aquel lugar paradisíaco,
el poeta-pintor experimentó el ejercicio de la creación iniciando
el proceso de composición por cualquiera de las dos vías,
la imagen o la letra. La manera en que integró finalmente cada pieza
de su trabajo —complementando una u otra vía de composición,
según el caso— pudo haberse dado en desarrollos completos y sucesivos
—es decir, primero acabó la imagen y luego compuso el poema o viceversa—
o siguiendo procesos dialécticos y simultáneos.
José María
González de Mendoza, gran estudioso de la obra de Tablada,
comenta que las imágenes originales —hoy perdidas— que correspondían
a los poemas de Un día..., estaban coloreadas a la acuarela,
como sucede en el ejemplar con el que se realizó el CD-ROM José
Juan Tablada: letra e imagen.17 Al
desaparecer estas imágenes, nada quedaría del proceso creativo
a no ser una pieza de características similares,
que se conserva en el Archivo Gráfico del autor con el título
Hormigas
sobre un grillo muerto. Se trata de un dibujo a lápiz de color,
fechado en Caracas, septiembre de 1919, que tiene manuscrito el haikú
posteriormente titulado "En Liliput". El dibujo muestra un grillo muerto
rodeado por hormigas:
El poema "En
Liliput" fue publicado en la sección "En el jardín",
de El jarro de flores, aunque sin la imagen original. Esto constituye
una interesante comprobación de que este libro tuvo una génesis
compartida con Un día..., pues no se tenía una prueba
material contundente de este asunto, sino que sólo se contaba con
la declaración del autor, en "Hokku" —prólogo a El jarro
de flores—, de que se trataba de "libros gemelos", las indicaciones
de los lugares de escritura de algunos poemas y el resumen de fechas y
países de composición de todo el libro, anotado en el último
poema. En otras palabras, es posible afirmar que "En Liliput", poema incluido
en El jarro de flores, fue compuesto siguiendo los parámetros
formales usados de manera uniforme en Un día..., al grado de
que, restituyéndole su imagen complementaria, podría encajar
en este último libro.
Ahora, el hecho de que el poema "En Liliput" y el dibujo se encuentren
sobre la misma pieza de papel lleva a pensar con mayor énfasis en
la simultaneidad de su composición, como sucede en los ejemplos
de poetas japoneses que antes vimos. La existencia de esta pieza en el
Archivo Gráfico inmediatamente despierta interrogantes como las
siguientes, aplicables a todos los haikús de Un día...
y parte de los de El jarro de flores: ¿Qué se gestó
primero, el dibujo o el poema? ¿Surgió primero la imagen
plástica plasmada en el dibujo o la sonora vertida en las palabras?
¿De qué manera influye un tipo de composición en el
otro? Ya en el caso más específico de "En Liliput", es posible
cuestionarse: ¿La referencia a la obra de Swift estuvo presente
en el momento en que Tablada dibujó la escena de las hormigas sobre
el grillo o surgió como derivación de su placer por la observación
entomológica y su gusto por el dibujo?
El jarro de flores fue finalmente ilustrado por Adolfo Best-Maugard,
amigo de Tablada, y la imagen de "En Liliput" fue omitida, junto con otras que se conservan en el Archivo
Gráfico y que podrían haber acompañado a algunos otros poemas del libro:
Tres
dibujos de frutas sobre charolas y dos bocetos, Zoológico
del Calvario, Un
mono y Dos
monos. Quizá Tablada no alcanzó a completar todas las
imágenes o tal vez prefirió que un pintor de renombre, como
Best-Maugard, lo hiciera, para que el volumen fuera mejor recibido por
la crítica y el público.
Otro asunto interesante que se desprende de las imágenes conservadas
en el Archivo Gráfico es que todo indica que una de ellas corresponde
a un haikú inédito. Se trata de la pieza que lleva como título
"Churruscos", que va acompañada por el nombre científico
de este insecto y por la siguiente leyenda: "Parece un dragón chino
revestido / con gualdrapa de seda".
La cuenta métrica
arroja un total de 18 sílabas, muy cercano a las 17 que supuestamente
debería tener un haikú, y perfectamente a tono con la manera
en que Tablada cultivó el género, pues al analizar este aspecto
de sus haikús se comprueba que su criterio siempre fue muy flexible,
incluso en lo que toca al número de versos.
Por otra parte, en su afán naturalista, Tablada agregó a
"Churruscos" el nombre científico del insecto, como también
lo hizo en el haikú "Palma real", que viene acompañado de
la nota a pie de página que especifica "Oreodoxa regia".
Si Tablada no publicó "Churruscos", quizá fue porque no le
satisfacía el texto en lo que se refiere a la imagen literaria,
a la temática o a la concepción global del efecto del poema,
o porque simplemente no encajaba en el esquema de ninguno de sus libros,
ya que cumple con las primordiales exigencias de brevedad, gracia y humor,
y con otra característica deseable: la de representar siguiendo
la idea de maxima in minima.
Por último, para redondear esta modalidad de poema más imagen,
es necesario mencionar la acuarela que Tablada realizó para "Los
pijijes", poema incluido en su libro La feria. Poemas mexicanos
(1928). Una versión inicial de esta composición fue publicada
en 1913.
La acuarela no tiene
fecha pero aparece acompañada por el texto de "Los pijijes", con
algunas líneas diferentes, tanto de la versión de 191318
como de la definitiva. Por otra parte, en el Archivo Gráfico se
conservan dos bocetos con el mismo tema de los pijijes, uno a lápiz
sencillo y otro a lápiz de color, que tienen anotada al margen la
fecha de 1909. Considerando las fechas involucradas, se puede afirmar que
la dialéctica de composición de "Los pijijes" no es simple.
Nuevamente surge la principal duda: ¿Qué fue primero, el
poema o la imagen?
El poema ideográfico:
simultaneidad lírica y plástica
La discusión
acerca de los orígenes de la escritura caligramática de Tablada
es notablemente complicada. Poco a poco se han ido acumulando elementos
que la orientan en varios sentidos. Trataré de resumirla en este
apartado, comentando las diversas opiniones, y agregaré un nuevo
elemento que ha surgido del trabajo con el Archivo Gráfico José
Juan Tablada.
La publicación de los primeros "poemas ideográficos" de Tablada,
en México, en El Universal Ilustrado, el 21 de febrero de
1919, suscitó una serie de reacciones en el ambiente de la poesía
mexicana. La más conocida y la más citada es la de Ramón
López Velarde. Dice el poeta jerezano en una carta que le envió
a Tablada en junio 18 de 1919:
Llegando al punto de su
poesía ideográfica, quiero hablarle con absoluta sinceridad, como si me
confesara, declarándole, desde luego, que sabré cumplir,
espontáneo y gustoso, su encargo, que tanto me honra de "preservar su obra
de odiosas contaminaciones".
Mi actitud, en suma, es de espera. Hasta hoy, lo
ideográfico me interesa, más que por sí mismo, por
usted que lo cultiva. Desde que conocí lo de Apollinaire, se me
quedó la impresión de algo convencional, y esa impresión
persistió después de reproducirse aquí los poemas
de usted en La Habana: "Los ojos de la máscara" me iluminarán,
seguramente, ayudándome a concluir mi criterio. Hoy por hoy, dudo
con duda grave de que la poesía ideográfica se halle investida
de las condiciones serias del arte fundamental. La he visto como una humorada,
capaz, es claro, de rendir excelentes frutos si la ejercita un hombre de
la jerarquía estética de usted.19
La respuesta de Tablada
es bastante larga e incluye un mesurado reproche en que se muestra asombrado
de que su colega encuentre más convencional lo ideográfico
que seguir expresándose en odas pindáricas y sonetos como
Petrarca. Después, procede a hacer una defensa del nuevo modo de
escritura en que la "expresión simultánea lírica y
gráfica", la síntesis, el dinamismo y la multiplicidad sustituyen
lo explicativo y discursivo de las antiguas formas, dejando los temas literarios
en calidad de "poesía pura", como quería Mallarmé.
Sin embargo, lo que más interesa para este trabajo son los antecedentes
que da al principio de su carta:
¿Vio usted
en Social de la Habana unos poemas míos que llamo 'ideográficos',
dos madrigales y una 'Impresión de la Habana'? Pues bien, ellos
son los avant coureurs de toda una obra, más de treinta poemas
que integrarán mi próximo volumen: Los ojos de la máscara.
Hace muchos años leí en la Antología griega,
de Panude, que un poeta heleno había escrito un poema en forma de
'ala' y otro en forma de 'altar'. Supe por mis estudios chinos que en el
templo de Confucio se canta cierto himno cuyos caracteres escriben el movimiento
de su danza, los coreógrafos, sobre el pavimento. Por fin vi aquellos
de Jules Renard: Les formis, elles sont: 3333333333:... con lo que
sugiere tan admirablemente la inquieta fila de hormigas... En New York
hace cinco años hice los Madrigales ideográficos.
Luego vi algunos intentos semejantes de pintores cubistas y algún
poeta modernista. Pero no eran más que un balbutir. Mis poemas actuales
son un franco lenguaje; algunos no son simplemente gráficos sino
arquitectónicos: 'La calle en que vivo' es una calle con casas,
iglesias, crímenes y almas en pena. Como la 'Impresión de
la Habana', es ya todo un paisaje. Y todo es sintético, discontinuo
y por tanto dinámico; lo explicativo y lo retórico están
eliminados para siempre; es una sucesión de estados sustantivos;
creo que es poesía pura... [...] Además, mi poesía ideográfica,
aunque semejante en su principio a la de Apollinaire, es hoy totalmente
distinta; en mi obra el carácter ideográfico es circunstancial,
los caracteres generales son más bien la síntesis sugestiva
de los temas líricos puros y discontinuos, y una relación
más enérgica de acciones y reacciones entre el poeta y las
causas de emoción... Mis libros Un día y Li-Po
le explicarán mis propósitos mejor que esta exégesis
prematura...20
En Apollinaire and
the International Avant-Garde, Willard Bohn comenta estas dos cartas
y hace algunas observaciones sobre la renuencia de Tablada a ser identificado
como imitador del poeta de Calligrammes (1918). Bohn señala
que aunque Tablada admitió —en una entrevista publicada en la revista
venezolana Actualidades— que Marius de Zayas, viejo amigo suyo,
le mostró el poema de Apollinaire "Lettre-Océan"
en Nueva York, en 1915, sostuvo que para entonces ya había escrito
los "Madrigales ideográficos".21
De Zayas colaboraba con el fotógrafo Alfred Stieglitz, en la galería
"291" y en la revista Camera Work, y en mayo de 1914 viajó
a París. Francis Picabia lo recibió y lo introdujo al grupo
que se reunía en torno a Apollinaire y su revista Les Soirées
de Paris, donde fue publicado "Lettre-Océan" —el primer caligrama—,
en el número 25, de junio de 1914. Bohn cita una carta del 1°
de julio de 1914 que De Zayas mandó a su amigo Stieglitz recomendándole
la lectura de la "Lettre Océan" y comentándole que la última
novedad en la Ciudad Luz era el "simultaneísmo" en literatura, cuya
paternidad atribuye a Apollinaire. De Zayas regresó a Nueva York
en septiembre de 1914 con algunos manuscritos de Apollinaire y con grandes
y entusiastas planes que incluían fundar una galería de arte
y una revista. En octubre de 1915 abrió la Modern Gallery y en marzo
de 1915 publicó el primer número de 291, revista que
duraría once números más hasta febrero de 1916. En
este primer número, De Zayas incluyó la nota "Simultaneism",
con carácter de manifiesto, y reprodujo "Lettre-Océan". Bohn
sugiere que Tablada conoció este poema a través del primer
número de 291 o tal vez antes, cuando De Zayas regresó
a Nueva York con un ejemplar de Les Soirées de Paris.22
La conclusión a la que Bohn llega es que la defensa de Tablada es
una artimaña de ocultamiento de su deuda con Apollinaire, a quien
de hecho admiraba. Las fechas que da el poeta mexicano son confusas. En
la edición de Li-Po y otros poemas (1920), los "Madrigales
ideográficos" aparecen fechados en 1915, pero siguiendo las indicaciones
de la carta a López Velarde habrían sido compuestos en 1914.
El Abate González de Mendoza llega incluso a afirmar que, aunque
Calligrammes
y Li-Po y otros poemas son libros paralelos que son fruto de ideas
y tendencias disueltas en el ambiente de la época, los "madrigales
ideográficos" habían sido escritos en 1911 mientras los caligramas
de Apollinaire habían sido coetáneos de la Primera Guerra
Mundial. A pesar de la entusiasta defensa de su amigo y de las fechas que
da Tablada, no hay pruebas materiales de estas aseveraciones. La única
prueba de que el poeta mexicano haya escrito sus madrigales antes de 1919
—cuando fueron publicados en
El Universal Ilustrado, en México,
y en Social, en La Habana— se encuentra, como comentaré más
adelante, en el Archivo Gráfico José Juan Tablada, y corresponde
a 1916.
En suma, Willard Bohn tiene razón al afirmar que Tablada deseaba
evitar la sombra que una figura tan fuerte como Apollinaire pudiera proyectar
sobre su trabajo innovador. Es cierto que muy probablemente vio "Lettre-Océan"
por intermedio de Marius de Zayas y que ese encuentro le inspiró
la escritura de sus "Madrigales ideográficos". Incluso es posible
que los propios poemas de Marius, publicados en 1915 en 291, hayan
tenido los mismos efectos. Además, Bohn sugiere que con la mención
de los intentos de pintores cubistas y de un poeta modernista de producir
algo similar a lo suyo, Tablada se refiere a Marius de Zayas, a Francis
Picabia y a Vicente Huidobro.
Todo lo anterior es verdad, sin embargo, no es toda la verdad. La postura
crítica de Bohn carece de un comentario más amplio acerca
de la proximidad de Tablada con la cultura japonesa, pues se limita a repetir
que la crítica lo ha reconocido como introductor del haikú
en México. Si su investigación se centra en la influencia
de Apollinaire en la vanguardia internacional, su revisión de la
obra de Tablada supedita el trabajo del escritor mexicano, en el campo
de la poesía visual, a su contacto con la obra de Apollinaire. Además,
en la glosa de la carta que Tablada envió a López Velarde,
Bohn descalifica gratuitamente una de las referencias: "The sources of
his poems, he mantained, were the Greek Anthology and an obscure
book by the novelist Jules Renard in which a line of 3's evoked a procession
of ants".23
Tablada adquirió el libro
Histoires
naturelles del escritor francés Jules Renard (1864-1910), en
noviembre de 1913, según consta en su diario, donde el poeta anota
además que está ilustrado. En aquella época
se encontraba disfrutando de El Buen Retiro, su casa en Coyoacán,
de su biblioteca y su colección de arte japonesas, mientras escribía
Hiroshigué:
el pintor de la nieve y de la lluvia, de la noche y de la luna (1914),
antes de salir exiliado del país. El libro de Renard es un singular
bestiario que fue publicado en 1896 y después ilustrado por dos
pintores famosos, Henri de Tolouse-Lautrec (1864-1947) y Pierre Bonnard
(1867-1947), en 1899 y 1904, respectivamente. No se sabe cuál de
las dos ediciones adquirió Tablada. Probablemente fue la ilustrada
por Bonnard, pues la de Tolouse-Lautrec tuvo un tiraje de sólo 100
ejemplares. Desde luego, esto no implica que Tablada no haya podido conocer
algunos de los textos de Renard antes de las ediciones mencionadas, ya
que aparecieron en la prensa francesa e incluso fueron motivo de lecturas
públicas.25
Sin embargo, lo importante es
que la mención de Histoires naturelles se sitúa nuevamente
en la confluencia entre literatura y pintura y, más específicamente,
en la tradición francesa del libro ilustrado como punto de encuentro
de ambas artes. Esta obra tuvo ecos en Le bestiaire ou cortège
d'Orphée (1911) de Apollinaire, ilustrado con grabados de Raoul
Dufy, y en Un día... Poemas sintéticos de Tablada. Por
otra parte, la conexión japonesa también fluye al fondo de
este tejido. Tolouse-Lautrec fue coleccionista de estampas japonesas y
adaptó algunas de las técnicas de impresión usadas
en ellas a su trabajo. Pierre Bonnard también recibió este
influjo que permeó la pintura francesa de la época a partir
principalmente de la Exposición Universal de 1867. Ambos pintores
incursionaron con fuerza en la transformación del póster,
iniciada por Jules Chéret (1836-1932), y no sólo dieron primacía
a la imagen sobre el texto sino que hicieron que las letras tuvieran una
función plástica mezclándose con el dibujo. Por ello,
no extraña que Tolouse-Lautrec dibujara la siguiente portada para
el libro de Renard:
El nombre del autor
fue transformado en imagen aprovechando que "renard" es zorro en francés.
Esta portada también tiene otra peculiaridad y es que la firma del
autor es un monograma muy parecido al que Tablada usó por primera
vez en Hiroshigué y que recuerda los sellos de los pintores
japoneses. El texto del bestiario que Tablada propone como antecedente
de sus "madrigales ideográficos" es como una respuesta del escritor
a este tipo de juegos por parte del pintor:
Les fourmis
Chacune d'elles
ressemble au chiffre 3.
Et il y en a! il
y en a!
Il y en a 333333333333...
jusqu'à
l'infini. |
La imagen que acompaña al texto —en este caso la de Bonnard— hace un juego perfecto con él y recuerda la relación texto-imagen de Un día... Poemas sintéticos:
Si bien Tablada
no menciona a Bonnard entre los autores que admiraba, Tolouse-Lautrec y
Renard aparecen frecuentemente. De Tolouse-Lautrec apreciaba la influencia
nipona, su realismo cruel, su retrato de la vida nocturna, los cabarets
y las mujeres, y su gran calidad como grabador e ilustrador. Consideraba
que era uno de los padres del movimiento pictórico moderno y lo
citaba constantemente en sus crónicas como referencia para describir
el trabajo de varios pintores que promocionaba, especialmente el de José
Clemente Orozco. De Renard admiró siempre la síntesis y la
concisión de sus palabras. En 1901, al referirse al libro De
tierra cálida (1900) del nicaragüense Santiago Argüello,
elogia "las felices imágenes evocadoras a la Jules Renard, concisas
y eficaces".26 En 1912, a propósito
de la exposición de Utamaro en el Louvre, llama a Renard "admirable
sintetizador con alma de japonés".27
No en balde también lo menciona al referirse al volumen de haikús
Tacámbaro
(1922) de José Rubén Romero.28
Tablada tenía tan presente el bestiario de Renard que incluso llega
a citar de memoria el texto correspondiente a la pulga —"la brizna de tabaco
con resorte"— para criticar el cuadro
Ninfa bailando de Alberto
Félix Schmidt en la Exposición de Artistas Independientes
en Nueva York, y a referirse al de la mariposa blanca —"Un billete de amor / plegado en dos,
/ en busca de una flor"— en una crónica donde recuerda, en el ambiente bucólico
de su bungalow de Catskill, los cuentos de hadas y su temprana pasión por la
entomología.29
Las otras dos referencias que menciona Tablada en su carta a López
Velarde han sido examinadas con detalle en otros estudios. Adriana García,
en "Las fuentes chinas de José Juan Tablada" (1983), demuestra que
Li-Po y otros poemas tiene como antecedentes
Le livre de jade de Judith Gautier
(1867; versión aumentada, 1902) —colección de traducciones
de poetas chinos como Li Po, Su Tung Po, Wang Wei y Tu Fu—, una traducción
inglesa abreviada de este libro que lleva el título de Chinese
Lyrics from the Book of Jade (1918) y una traducción de un poema
de Li-Po, realizada por Herbert Giles en 1901. La investigadora hace un
amplio cotejo de los textos y halla, entre otras cosas, que los poemas
"Junto al río", "Embriaguez de amor" y "La flor prohibida", publicados
por Héctor Valdés en la sección "Los ojos de la máscara"
de Obras I. Poesía, son en realidad retraducciones de poemas
de Li Po, hechas por Tablada a partir de las versiones de Whitall y no las
de Gautier. En cuanto al extenso poema lírico sobre la vida de Li-Po
que abre el volumen, Adriana García revela que es una retraducción
directa de la versión de Giles, sólo que con arreglo espacial
y tipográfico, y algunas inserciones de otras traducciones de Tu
Fu, hechas por Whitall. Desde luego, la investigadora reconoce que en este
manejo hay una poética gráfica que transforma por completo
el texto. Analiza algunos mecanismos y comenta aspectos de la biografía
de Li Po. La conclusión más importante a la
que llega es que estas referencias chinas son las fuentes verdaderas de
Li-Po
y otros poemas y no los Calligrammes de Apollinaire y la poesía
cubista, como siempre lo ha sugerido la mayor parte de
la crítica.30
Klaus Meyer-Minemann, en "Formas de escritura ideográfica en Li-Po
y otros poemas de José Juan Tablada" (1988), comenta la mención
que el poeta hace de la Antología griega de Panude, en la
respuesta a López Velarde, y señala los textos a que alude:
"Las alas de Eros" de Simias y "El altar" de Besantinos y Dosiadas, que
se encuentran en el libro XV de dicha compilación. El estudioso
observa que, a pesar de que no resulta claro si Tablada vio los poemas
o sólo leyó sobre ellos, no se puede excluir la posibilidad
de que los haya conocido directamente. También señala la
relación que tienen estos textos con la tradición de la technopaignia
(de
= arte y
= juego, broma) Cabría agregar que hay cierta similitud entre el
carácter humorístico de la technopaignia y el del
haikú.
Después de estas observaciones iniciales, Meyer-Minemann centra
sus esfuerzos en intentar responder la pregunta "¿Cómo se
representan los contenidos ideográficos (mediante letras simples,
o conjuntos de letras; gráficamente, delineando siluetas, o por
espacios en blanco y negro; análogamente por semejanza, o connotativamente)?"31
Realiza un estudio detallado desde el punto de vista
lingüístico y semiótico sobre aspectos como denotación y
connotación, metáfora y metonimia, representación y percepción,
fenómenos todos considerados en dos planos, gráfico y lingüístico.
Las conclusiones más importantes, para efectos del tema tratado
en este estudio, son las siguientes. En la primera parte, que corresponde
al poema sobre Li Po, el texto, genéticamente, precede a la imagen
y prevalece "la representación ideográfica de denotados lingüísticos
aislados".32 En cambio, en la segunda parte, el poeta se abre a
otros procedimientos más vanguardistas que le dan mayor complejidad
a sus composiciones, como la técnica metonímica del collage,
la inserción de onomatopeyas del español y el uso de tipografías
diferentes, que eran practicadas por los futuristas y
los cubistas.33
En algunos poemas ya no resulta claro "si el texto sigue sirviendo
de punto de arranque para la imagen visual o si la imagen, en algunos casos,
estuvo en el origen del texto".34
Como indica Atsuko Tanabe, cuando en 1910 Tablada escribió su "Poema
de Okusai" ya había iniciado lo que ella llama la tercera etapa
de su japonismo, caracterizada por el abandono de todo pintoresquismo y
la asunción del compromiso de la concisión y la síntesis. Antes
de que lo publicara en Al sol y bajo la luna (1918),35
acompañado de poemas precursores de su nueva estética visual
—como "Lawn Tennis", de
disposición tipográfica en zig-zag, y "Luna",
de silueta figurativa que simula los rayos de la luna sobre una superficie
de agua donde se refleja el disco lunar—, en las páginas de su libro
Hiroshigué
(1914), Tablada dejó un testimonio sólido de la conciencia
que tenía de la concisión de la poesía japonesa y
de las relaciones entre letra e imagen en dicha cultura. Atsuko Tanabe
señala con precisión este tema en el comentario del poeta
a propósito de la traducción de un haikú de Basho.
Tablada observa que este tipo de pequeños poemas, de admirable concisión
impresionista, vertidos al español parecen incoherentes, y propone
una paráfrasis poética que equivaldría a lo que un
japonés leería en dicho poema.36
Asimismo, la investigadora apunta que a esas alturas el autor había
comprendido la "relatividad recíproca" de la pintura y la poesía
japonesas, su equilibrio y mutuo refuerzo practicado tradicionalmente desde
épocas muy antiguas en formas como el emakimono, el kakemono
y el shikishi.37
De esta manera, tenemos que cuando Tablada publicó Hiroshigué,
en mayo de 1914, tenía un conocimiento profundo de la estética
japonesa y un especial interés en los aspectos mencionados. Unos
meses antes, en noviembre de 1913, había adquirido
Histoires
naturelles de Renard. En ambos casos, el asunto de la brevedad y de
la relación entre poesía e imagen son fundamentales. Para
completar el cuadro que prefiguraría Un día... Poemas sintéticos
y
Li-Po
y otros poemas faltaría el tema de la conexión entre
lo que Meyer-Minemann llama el plano gráfico y el lingüístico.
Esta conexión nace de una manera natural en el momento en que un
escritor, y especialmente un poeta, que ha vivido en el universo de una
escritura alfabética, tiene su primer contacto serio con el mundo
de la escritura ideogramática. Sin duda, Tablada se sintió
atraído por este aspecto desde que comenzó a cultivar su
curiosidad por Oriente. No obstante, nos podemos preguntar: ¿Hay
algún otro elemento que refuerce el interés por esta conexión?
Me parece que la respuesta a esta interrogante tiene varias facetas. Una
de ellas es producto directo de los avances de la arqueología mexicana.
Además de su colección de arte japonés, Tablada tenía
una colección arqueológica de la que se conservan algunos
testimonios en el Archivo Gráfico —véase, por ejemplo, las
notas a las piezas Catálogo
de malacates y Máscara
prehispánica— que había mostrado con orgullo a Manuel
Gamio. La escritura pictográfica de los códices y las imágenes
de los dioses de las culturas prehispánicas tenían valor
de jeroglíficos tan enigmáticos como los egipcios. No en
balde Al sol y bajo la luna (1918) llevaría dos de ellos
en la portada, como veremos más adelante.38
Otra de las facetas de la conexión entre el plano gráfico
y el lingüístico es la amistad que Tablada tuvo con el artista
plástico José de Torres Palomar. Con ella cierro este recorrido
por el tema del poema ideográfico por dos razones. En primer lugar,
porque fue durante los días que convivió con Torres Palomar,
en Nueva York, en 1916, cuando produjo sus dos primeros poemas ideográficos
y, en segundo lugar, porque en enero de 1914, publicó su primer
texto sobre el trabajo de este artista plástico, antes de que saliera
a la luz "Lettre-Océan" de Apollinaire. Dicho texto inicia con una
definición de lo que es un kalograma:
Al recibir la
misiva de una dama elegante o la carta de alguna persona de gustos artísticos,
¿no os ha sorprendido ver ese papel timbrado que a primera vista
os intriga como ingenioso y bello motivo ornamental y en cuyos ángulos
o meandros discernís luego las propias iniciales del signatario
de la carta? Pues bien, eso es un kalograma y esta palabra, derivada del
griego, significa precisamente esas cifras bellas y artísticas,
combinadas armoniosamente, con armonía de curvas o de rectas, que
timbran el papel o marcan los objetos de uso personal de las gentes del
buen tono, sustituyendo al antiguo y detestable monograma. Ver
artículo completo.
Ya en Nueva York, Tablada
escribió otros textos sobre Torres Palomar que, hasta el momento,
proporcionan los únicos datos que he encontrado de este personaje.
En el recorte
de uno de ellos, que se conserva en el Archivo, aparecieron los siguientes
ejemplos de kalogramas:
Aunque la referencia exacta del artículo donde se incluyeron estos kalogramas
se desconoce, el texto que los acompaña no contiene una descripción de la
dinámica que Tablada veía en ellos.39
En cambio, el texto "Un artista genial desventurado: Torres Palomar" sí
tiene una explicación detallada del kalograma de D'Annunzio, introducida por
Tablada como parte de una supuesta conversación con un crítico ruso llamado
Vonishin:
Las tres letras del nombre del poeta, forman una cruz, síntesis esencial del gran
místico; la D y la A, en ángulos agudos, son como dos puñales que
simbolizan los factores antagónicos de la Tragedia y esa línea oblicua que
corta las tres letras del nombre y las serenas horizontales de la G., de armonioso y lógico
paralelismo, es nada menos que el "fatum" adverso que caracteriza al Genio en esta sociedad
disparatada... ¡Pero vea usted Tablada! ¡Vea usted! El total de este kalograma no es sólo
una cruz... Es también un aeroplano, la máquina que D'Annunzio bautizó
"velívolo", el pájaro de hierro que regido por el poeta aviador cruzó
sobre Viena, no arrojando la muerte, sino aquellas proclamas de persuasión y de paz,
que caían suaves y blancas sobre la urbe adolorida; ¡como el plumón que el
pelícano se arranca del pecho para formar el nido de
sus polluelos!40
El kalograma referido aparece con otros más en la parte superior del artículo:
La descripció explica la
figura pero exagera un poco en la interpretación. Es decir, no cumple con el precepto
de "fácil elucidación" que, como veremos más adelante, el autor incluye
entre las cualidades del kalograma. El artículo también muestra una foto del
fallecido artista:
A continuación hago un resumen de su vida a partir de las noticias
que da Tablada en sus crónicas y en algunos otros escritos.
José de Torres Palomar nació en Guadalajara y alrededor de
1910 montó un estudio en los altos de la prestigiada librería
Biblos en el centro de la ciudad de México. En ese local tenía
su taller en el que hacía desde las acuarelas de sus bocetos hasta
los troqueles del grabado final. Sin embargo, por la descripción
de Tablada, no era un rústico lugar de trabajo, sino que se aproximaba
más bien a una especie de garçonière:
Severos muebles
neo-coloniales, flores en búcaros de Puebla, invisibles inciensos
que tornaban el ambiente en el de una mística pagoda... Y en aquella
media luz, frufrú de sedas, música de risas, ir y venir de
mujeres, muchas bellas, todas elegantes y, en medio Palomar con su peculiar
esprit,
en versátil plática, charlando de chifones, de orquídeas,
de nuevos libros, de perfumes raros... En aquel tiempo Palomar hizo kalogramas
para las mujeres más hermosas y para los hombres más ilustres.
De su pincel brotaban nombres de gloria y de hermosura: Rubén Darío,
Rodó, Nervo, Carmen, Beatriz, Rosario...41
La descripción
del poeta continúa de una manera sumamente nostálgica de
la paz porfiriana y por ello afirma que fue el Demonio de la Inquietud
el que arrebató a Torres Palomar de la voluptuosidad pastoral de
su estudio con la tentación de ir a Europa. Sin embargo, el estallido
de la Primera Guerra Mundial lo obligó a permanecer en Nueva York,
donde se reencontró con Tablada, también en una situación
inestable. En el recorte de periódico que se conserva en el Archivo
Gráfico con el título Old Bartholomew's Church el
poeta dejó un testimonio fechado de la convivencia con su amigo
en aquellos días difíciles.
La anotación
manuscrita a lápiz dice así: "aquí viví con
Palomar en 1916, el laboratorio de perfumes; la única sopa de ajo,
en el lujoso apartamento. Kalogramas murales, el cheque por el pollo asado,
primeros versos ideográficos. El puñal, Talon rouge...".
En contraste con las fechas de creación de los "Madrigales ideográficos"
difundidas en los medios por Tablada y a través de la edición
de Li-Po y otros poemas —con la sombra de Apollinaire rondando—,
esta fecha parece más confiable, por tratarse de un apunte hecho
sobre un documento que, por su naturaleza, estaba destinado a formar parte
de un álbum íntimo del poeta. Por otra parte, el hecho de
que la génesis de estos poemas aparezca vinculada aquí con
los "kalogramas murales" de Torres Palomar subraya la importancia de este
artista y diluye los señalamientos de influencias exclusivas en
los poemas ideográficos.
Un poco antes de salir con destino a Sudamérica para ocupar el cargo
diplomático durante el cual se gestarían los "libros gemelos"
Un
día... y El jarro de flores, Tablada redactó la
crónica "Tres artistas mexicanos en Nueva York", en la que describe el
trabajo de Marius de Zayas, Torres Palomar y Juan Olaguíbel, y da
noticia de la primera exposición de Torres Palomar:
Hizo su primera
exposición hace tres años en el 291 de la Quinta Avenida,
en los salones de la Secesión Fotográfica que era entonces
el sitio de reunión de los artistas revolucionarios. Allí
tuvo un franco succés d'estime. Demostró su arte con
una multitud de kalogramas de grandes dimensiones, que hacían correr
por los muros del salón suntuosos y rítmicos frisos de rutilantes
colores y armoniosos arabescos, en su mayoría nombres femeninos
que seducían con el triple encanto de la mujer, de la gema y de
la flor.42
La fecha indicada
coincide aproximadamente con la que el poeta anotó en el recorte
Old
Bartholomew's Church. Según vimos anteriormente, el 291 de la
Quinta Avenida correspondía a la galería de Alfred Stieglitz.
Seguramente, Marius de Zayas lo apoyó para que expusiera su trabajo
ahí, pues la Modern Gallery acababa de inaugurarse por esas fechas.
Según Tablada, a pesar de que tuvo encargos de trabajo de importantes
personajes como Caruso, Vicente Astor, Sarah Bernhardt y Mrs. Ogden Mills,
el éxito fue efímero. Unos años más tarde,
Adolfo de la Huerta —entonces cónsul en Nueva York— lo apoyó
para que instalara un estudio en el 520 de la Quinta Avenida, donde montó
su segunda exposición. Pero justo cuando ya iba a triunfar, De la
Huerta tuvo que ausentarse, el nuevo cónsul Salinas retiró
el apoyo y Torres Palomar cayó. Con el embargo de 100 acuarelas
encima —por falta de pago de la renta del estudio— escribió a la
Universidad de México para ceder sus obras a la Academia de Bellas
Artes pero, dice Tablada irónicamente, Natividad Macías le
exigió que enviara muestras. Poco después, al ir a cobrar
unos dólares, fue atracado y entonces enloqueció. A principos
de diciembre de 1920, el nuevo rector José Vasconcelos se dispuso
a ayudarlo, pero fue demasiado tarde y Torres Palomar murió en Nueva
York. Tablada compara la suerte de su amigo con la de Edgar Allan Poe —modelo
del artista asfixiado en el desierto del capitalismo— y lo convierte en
mártir, a pesar de que reconoce que tenía dos defectos fundamentales
que lo hacían un inadaptado. Hablaba un idioma lingüísticamente
inclasificable (nunca aprendió a hablar inglés) y desconcertaba
a sus interlocutores con su intransigente y estrambótico atuendo
que creía afirmación de su personalidad: capisayo, sombrerón
de alas anchas y melena.
Cuando en su texto de 1914 Tablada define los kalogramas como cité
anteriormente, agrega una serie de comentarios. En primer lugar, enarbola
el arte kalogramático como producto del ingenio mexicano que será
exportado y le teje una impresionante genealogía. Inicia con los
miniaturistas góticos y los ornamentalistas medievales que en escritura
escolástica, lombarda o carolingia copiaban textos ilustres, y continúa
de la siguiente manera:
pudiera decirse
en fin y esto con mayor razón, que los sellos y formas usados desde
hace cientos de años por los artistas japoneses son positivos kalogramas,
aunque en rigor y por tratarse de jeroglíficos y no de letras alfabéticas,
mejor pudieran llamarse "kalogrifos"...43
La mención
de los sellos japoneses no extraña si pensamos que al poco tiempo
Tablada agregó a su libro Hiroshigué un sello al estilo
japonés con su nombre, que era muy similar al que más tarde
incluyó —como kalograma atribuido a Torres Palomar— en Al sol
y bajo la luna.
Sello "japonés" de Tablada
|
Kalograma de Tablada
|
Como se puede apreciar,
la semejanza entre ambos es notable. Si consideramos que Tablada habló
de los kalogramas antes de publicar Hiroshigué y que Torres
Palomar inició su obra en 1910, cabe la pregunta, difícil
de responder, acerca de cuál surgió primero, el kalograma
o el sello.
Después de este recorrido, el poeta agrega que el término
"kalograma" lo acuñó Torres Palomar y que "ya es harto elocuente
este detalle para probar la indudable paternidad". Sorprende un poco la
insistencia en la cuestión de la "paternidad" que se une al asunto
de la semejanza tan sugestiva entre "kalograma" y "calligramme", y que trae a colación la fecha de este artículo (18 de enero de 1914) y la fecha de la publicación de "Lettre Océan" (junio de 1914). En seguida, Tablada hace un resumen de la importancia del arte aplicado, que estaba
de moda en la época, y sitúa al kalograma en él. Insiste
en la belleza, ritmo y equilibrio de estos pequeños enigmas, "hieroglíficos
de fácil elucidación" que despiertan la curiosidad y proporcionan
una emoción estética placentera sin excederse en su complejidad.
Para enero de 1919, la definición que Tablada hace del kalograma
se ha enriquecido aunque no se ha desbordado:
kalograma es el
nombre de una persona expresado por virtud artística de la línea
y del color y dando por la combinación de estos elementos algo de
la psicología del sujeto de una manera simbólica a veces
y en otras abstracta, ya objetiva como en el arte del blasón o bien
sutil como el aura espiritual de los teósofos. Es, pues, el kalograma
heráldico y aún kabalístico, material y concreto como
las armas parlantes o etéreo y suprasensible como la coloración
literal del poeta Rimbaud. En la forma tiene algo del arte sigilar babilónico,
algo de la inscripción cúfica, algo también del ideograma
arcaico de la China y de los sellos japoneses. Es, en fin, un microcosmos,
una parva obra de arte que capta en sus retículas e iris el estado
de alma esencial de una personalidad, como una gota de agua puede reflejar
todo un jardín. En su pequeñez se magnifica como esas estatuillas
minúsculas, los netzukes nipones, que por la harmonía de
sus líneas y fuera de relaciones de escala, suelen tener la grandeza
de la estatuaria hindú y griega —son respecto del vulgar monograma
lo que una flor a una legumbre, o una piedra preciosa a un guijarro, o
un pavorreal a un pavo a secas...
El kalograma, pues, tiene un aspecto exotérico para el ojo del vulgo
y un sentido esotérico para los artistas y los refinados. Los numerosos
imitadores que parodian torpemente el arte de Pal-Omar se han quedado en
el primer aspecto y Palomar generoso, ha bautizado sus obras llamándoles
"kakogramas" con la raíz que al mismo tiempo que lo feo designa
al ladrón fabuloso y por antonomasia a los imitadores sin
escrúpulos.44
Lo que llamo
"desbordamiento" de la definición aparece al año siguiente,
cuando Palomar muere, pues entonces Tablada hábilmente define el
"arte kalogramático" como precursor de la "psicografía"
de Marius de Zayas, pero también como continuador del desarrollo
de la poesía occidental, pues cita el libro Close to Art
de J. J. Alland donde, según el autor, se dice que el próximo
paso evolutivo será la escritura de la poesía con letras
kalogramáticas. Es decir, el kalograma, de ser un ejemplo valioso
de arte aplicado y un género novedoso e interesante, pasa a ser
un antecedente de otro género y un hito en el desarrollo de la poesía.
Unos meses después de la muerte de Torres Palomar, Tablada hizo
la siguiente anotación con dibujo en su Diario, el 22 de
marzo de 1921:
Para facilidad del
lector, transcribo el texto:
Tengo la percepción
de que se afinan mis sentidos astrales permitiéndome ver, sentir
y oír paisajes del plano astral con sus formas, colores y ruidos
peculiares. Me descubro una embrionaria disposición para ver los
colores áuricos. Entreveo el esquema de color y de forma del aura
de Palomar.
Proyecto para escribir:
Panoramas astrales.45
Una de las convicciones
que Tablada adoptó de los principios de corte teosófico contenidos
en el Tertium organum de Ouspensky fue que el artista, dado su alto
nivel de sensibilidad, debería desempeñar el papel de guía
espiritual de la humanidad. Como se puede ver en esta anotación,
Tablada no sólo creía que el poeta tenía facultades
y dones de vidente rimbaudiano
in abstracto sino que realmente estaba
convencido de que, por su sensibilidad, podría llegar a desarrollarlos
en la práctica, a través de la teosofía. Lo interesante
es que esta anotación refuerza el vínculo que se plantea,
tanto en el kalograma como en la psicografía, entre una dimensión
esotérica de la percepción y el arte, vínculo que trae como resultado
formas artísticas revolucionarias.
En suma, es posible afirmar que Tablada compuso sus poemas ideográficos en 1916 y no en otras fechas señaladas por el propio poeta o por la crítica. Tablada conoció los caligramas de Apollinaire
antes de escribir sus "madrigales ideográficos" aunque esto no implica que su influencia haya sido determinante y exclusiva y que se puedan descartar las otras fuentes que el mismo autor proporciona y que su trayectoria sugiere: su conocimiento
de la cultura japonesa, la retraducción de poesía china a
partir de traducciones inglesas y francesas, la tradición de la technopaignia, el juego de texto e imagen presente en las
Histoires naturelles de Jules Renard y la tradición del
libro francés ilustrado, y los kalogramas de José Torres Palomar.
Viñetas
y portadas
Tablada cuidó
con esmero la edición de sus poemarios. Buscó la colaboración
de artistas amigos suyos para ilustrar portadas, contraportadas y viñetas,
o las realizó él mismo. El caso de Un día... Poemas
sintéticos (1919) ya fue comentado ampliamente en la sección
dedicada al haikú y la composición simultánea. De
El
jarro de flores. Disociaciones líricas (1922) también
se revisó el mismo tema, pero faltó hacer algunos comentarios
sobre las imágenes que incluye y su organización.
Como se mencionó anteriormente, Tablada tuvo la intención
de dibujar las imágenes que acompañarían a los haikús
de El jarro de flores, pero finalmente desistió y se las
encargó a Adolfo Best-Maugard. El resultado fue que, a diferencia
de Un día..., donde cada poema posee su imagen,
El jarro
de flores sólo ofrece imágenes para 7 de las 8 secciones
en que están distribuidos los haikús que componen el poemario.
Es decir, para cada sección, excepto "En el jardín", Best-Maugard
realizó un grabado.
En el prólogo
a Obras I. Poesía, Héctor Valdés señala
acertadamente que las imágenes de Best-Maugard son técnicamente
muy semejantes a los grabados que Raoul Dufy hizo para Le bestiaire
ou cortège d'Orphée (1911) de Apollinaire.
Asimismo comenta
que los haikús de
Un día... le deben mucho a esta obra
de Apollinaire, aunque, como ya se vio, una referencia anterior a ambos
es Histoires naturelles de Jules Renard. Valdés señala otro paralelo interesante. Si el bestiario de Apollinaire
está vinculado con la poesía emblemática y descriptiva
de la Edad Media y el Renacimiento, como lo apuntan Marcel Adéma
y Michel Décaudin en sus notas a Ouvres poétiques,
los "libros gemelos" de Tablada siguen los modelos japoneses. Desde luego,
Un día... los sigue más de cerca que El jarro de
flores, donde ya hay una mayor libertad, una "aclimatación"
temática y estructural del haikú. Un dato importante es que
el poeta mexicano conservó recortes de revista correspondientes
a dos de las imágenes de Dufy:
La
souris y Le
cheval.
Tablada también tuvo la intención de dibujar la portada de
El
jarro de flores, como se apunta en la nota a la imagen Naturaleza
muerta (jarrón con flores) del Archivo Gráfico,
pero igualmente cedió esta tarea a Best Maugard. En el mismo
archivo se conserva un ejemplar de esta
portada coloreado a la acuarela.
La portada de la primera edición de El florilegio (1899)
tenía un dibujo de Ángel Pons. Al reverso, aparecían
dos retratos de Tablada realizados por Julio Ruelas, uno de perfil izquierdo
y otro de tres cuartos hacia la derecha, con fecha de 1898.46 La
segunda edición (1904) tenía una portada con la imagen a
colores de una mujer con aire de musa que lleva la firma de Georges Geellet.